La IA está haciendo que el software vuelva a ser caro

Primer plano de un portátil mientras una persona introduce los datos de pago para activar una suscripción de software

Durante años asumimos que el software era barato. O, al menos, que tendería a serlo. Aplicaciones gratuitas, modelos freemium, suscripciones de pocos euros al mes. El coste parecía diluirse hasta casi desaparecer, mientras el valor se trasladaba al hardware, a los datos o a la publicidad.

Ese paradigma marcó toda una generación de productos digitales. Nos acostumbramos a probar, usar y abandonar herramientas sin pensar demasiado en lo que había detrás. El software era abundante, reemplazable y, en apariencia, infinito.

La inteligencia artificial está rompiendo ese equilibrio. Y lo está haciendo de una forma silenciosa, pero profunda: está devolviendo el coste al centro del software. No como un accidente, sino como una consecuencia directa de cómo funciona.

Del código al cómputo

Durante décadas, el precio del software estuvo ligado al desarrollo. Escribir código era caro, mantenerlo también, pero una vez creado, distribuirlo tenía un coste marginal cercano a cero. Cuantos más usuarios, mejor. El modelo escalaba casi sin fricción.

La IA cambia esa lógica de raíz. Cada interacción tiene un coste computacional real. Cada consulta, cada generación, cada predicción consume recursos físicos: servidores, energía, chips especializados, tiempo de cálculo.

Ya no pagas solo por el programa. Pagas por la infraestructura que lo hace posible en tiempo real. Pagas por que el sistema piense, responda y se adapte en cada uso.

El software deja de ser un producto estático y pasa a ser un servicio vivo, que quema recursos cada vez que se usa. Cuanto más se usa, más cuesta mantenerlo.

Cuando usar cuesta dinero

Este es el giro incómodo. Usar IA no es como abrir una app tradicional. Cada uso tiene un precio detrás, aunque no siempre lo veamos reflejado de forma directa.

Por eso empiezan a aparecer límites, planes escalonados, créditos mensuales, versiones “pro”. No es solo estrategia comercial. Es una forma de trasladar un coste real al usuario y, al mismo tiempo, de controlar la demanda.

La promesa del software infinito y barato choca con una realidad física: el cómputo no es infinito. Los centros de datos tienen límites. La energía tiene un precio. Los chips no se fabrican solos.

Y alguien tiene que pagarlo.

Suscripciones que ya no son simbólicas

Durante años aceptamos las suscripciones como un mal menor. Unos pocos euros a cambio de comodidad, actualizaciones y sincronización. Eran precios casi psicológicos, pensados para no doler.

La IA está empujando esos precios hacia arriba. No de golpe, pero de forma constante. Y no porque las empresas sean más avariciosas que antes, sino porque el coste base ha cambiado.

Mantener un servicio de IA a gran escala no se parece en nada a mantener una app tradicional. No es solo alojamiento y soporte. Es cálculo continuo, optimización constante y una infraestructura que nunca descansa.

Empieza a ser evidente que muchas herramientas que hoy usamos “gratis” o casi gratis no son sostenibles en el tiempo sin un reajuste de precios. Y ese reajuste ya está en marcha.

Cuando todo vive en la nube, el hardware deja de ser el centro

Hay otro efecto colateral que solemos pasar por alto. Cuando casi todo lo que usamos vive en la nube, el hardware pierde protagonismo. El dispositivo importa menos que el servicio al que se conecta.

Durante años elegimos ordenadores, móviles o tablets por sus especificaciones. Procesador, memoria, potencia bruta. Hoy, en muchos casos, esos detalles han pasado a un segundo plano. Lo que realmente determina la experiencia ya no está en el dispositivo, sino en el servidor al otro lado.

El hardware se convierte en una puerta de entrada. Un terminal suficientemente bueno para acceder a un servicio que es donde ocurre lo importante. El cálculo pesado, la inteligencia, el valor diferencial ya no están en tu máquina, están en la nube. Por eso también cobra sentido que estemos entrando en la era del hardware invisible: lo mejor del objeto es que no se imponga.

Y en cuanto el valor se desplaza al servicio, la conversación cambia. Ya no discutimos tanto sobre “qué llevo en el bolsillo” como sobre qué experiencia me compra ese dispositivo. Esa transición es la misma que apuntaba el capítulo del silencio: lo que queremos ya no es potencia, es calma.

Por eso empezamos a relativizar tanto el dispositivo. Porque cambiar de portátil o de móvil no transforma radicalmente lo que podemos hacer si el servicio sigue siendo el mismo. La mejora ya no viene de comprar algo nuevo, sino de acceder a algo mejor.

Este desplazamiento explica por qué aceptamos pagar por software y no tanto por hardware. El objeto se deprecia, el servicio se actualiza. El primero se queda quieto, el segundo evoluciona.

Y cuando el valor se concentra en el servicio, el precio también lo hace.

El regreso del software caro

El software caro no vuelve como licencia perpetua en una caja. Vuelve como servicio premium, como acceso limitado, como experiencia diferenciada.

No pagamos solo por funciones. Pagamos por disponibilidad, por prioridad, por calidad de respuesta. Pagamos por que el sistema esté ahí cuando lo necesitamos y responda bien, incluso cuando muchos otros lo están usando a la vez.

En ese sentido, el software se parece cada vez más a una infraestructura. Y las infraestructuras cuestan dinero. Siempre lo han hecho.

El precio como forma de control

El coste no solo ordena el mercado, también ordena el uso. Poner precio a algo es una forma de regular su demanda.

En un mundo donde la IA puede hacerlo casi todo, el precio se convierte en un filtro. Decide quién accede, cuánto accede y para qué. Introduce jerarquías donde antes había sensación de igualdad.

Esto abre una tensión nueva: entre democratización y control, entre acceso y sostenibilidad. No es una discusión técnica. Es política y económica.

Quién puede pagar más, obtiene más capacidad. Quién no, se queda con versiones limitadas, más lentas o directamente inaccesibles.

Preparando el terreno para la escasez

Cuando el software vuelve a ser caro, aparece una consecuencia inevitable: la escasez deja de ser accidental y empieza a ser diseñada.

Límites de uso, colas, prioridades, tarifas dinámicas. No son fallos del sistema. Son parte del sistema. Mecanismos para repartir recursos finitos.

La IA no solo cambia lo que el software puede hacer. Cambia quién puede usarlo y en qué condiciones. Cambia la relación de poder entre usuarios, empresas y estados.

Y ahí es donde este capítulo conecta con el siguiente.

Porque si el software vuelve a ser caro y el cómputo es finito, la pregunta deja de ser tecnológica y pasa a ser estructural: ¿quién controla los recursos?

Eso ya no va de apps. Va de poder.

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