Durante años hemos llamado “casa inteligente” a una suma bastante modesta de productos conectados: un altavoz con Alexa o Google Assistant, unas bombillas, quizá un termostato y, en el mejor de los casos, un robot aspirador dando vueltas por el salón. IFA 2026 está dejando claro que esa definición se ha quedado pequeña porque la siguiente generación del hogar conectado ya no quiere limitarse a recibir órdenes; quiere interpretar contexto, anticiparse y actuar.
Eso cambia bastante el concepto. Ya no hablamos solo de tener muchos dispositivos conectados a Internet, sino de construir una especie de sistema operativo para la vivienda, capaz de coordinar electrodomésticos, sensores, robots y energía con mucha menos intervención humana.
De obedecer órdenes a entender lo que está pasando
La primera casa inteligente era fundamentalmente reactiva. Nosotros decíamos “apaga las luces”, “pon el aire a 22 grados” o “empieza a limpiar”, y el sistema ejecutaba una orden concreta. La nueva generación intenta funcionar de otra manera: fabricantes como Haier, TCL, Hisense, Tuya o Miele están utilizando inteligencia artificial para que la vivienda interprete lo que ocurre y gestione rutinas en segundo plano.
Haier, por ejemplo, está enseñando sistemas capaces de analizar la carga de una lavadora, identificar alimentos o supervisar procesos de cocción. TCL quiere convertir incluso el televisor en un centro personal de IA que mantenga conversaciones naturales y controle otros dispositivos, mientras Hisense habla de “Companion Living”, una idea en la que cocina, climatización, lavado y energía empiezan a coordinarse entre sí.
La dirección es bastante clara: el futuro no puede consistir en tener veinte aplicaciones para veinte aparatos. El valor llegará cuando la casa tenga suficiente contexto para que esos dispositivos trabajen juntos sin obligarnos a gestionarlos uno por uno.
El robot aspirador era solo el principio
Durante mucho tiempo el robot aspirador fue casi el único robot doméstico que consiguió convertirse en un producto de masas. Tenía una ventaja evidente: resolvía una tarea aburrida de manera razonablemente autónoma. Ahora esa misma lógica empieza a extenderse a otras funciones, desde el jardín y las ventanas hasta la asistencia personal.
IFA 2026 está mostrando robots especializados para limpieza, cocina, mascotas y acompañamiento, junto a humanoides que todavía están lejos de ser productos cotidianos. Uno de los ejemplos más interesantes es Doova, presentado por Tuya y pensado para acompañar a personas mayores que viven solas. Utiliza LiDAR, micrófonos y visión artificial para localizar al usuario dentro de la vivienda y, si detecta una caída o una llamada de ayuda, puede acercarse y activar sistemas de asistencia.
La diferencia frente al robot aspirador es importante. El robot deja de ser un electrodoméstico móvil dedicado a una única tarea y empieza a convertirse en una presencia física dentro del sistema inteligente de la casa.
Para anticiparse a nosotros, la casa tiene que observarnos más
Tuya también ha llevado a Berlín un altavoz con radar de ondas milimétricas capaz de detectar cuándo nos dormimos y analizar señales como respiración o ronquidos. Ese tipo de información puede utilizarse para automatizar acciones —por ejemplo, apagar las luces cuando detecta que hemos conciliado el sueño— sin necesidad de que el usuario dé una orden explícita.
El problema aparece precisamente ahí: cuanto más contexto necesita la casa, más datos íntimos termina manejando. La domótica tradicional sabía si alguien había entrado en una habitación, cuál era la temperatura o por dónde había pasado el robot aspirador. La nueva casa conectada puede saber cuándo dormimos, qué comemos, qué ropa lavamos, dónde se encuentra una persona mayor o qué habitaciones ocupamos durante el día.
Por eso la privacidad y el procesamiento local dejan de ser detalles técnicos. Si una cámara necesita analizar lo que hay dentro de nuestra cocina o un robot interpretar lo que ocurre en casa, procesar esa información localmente es muy diferente a enviarla constantemente a un servidor externo.
La casa inteligente empieza a incluir también jardín, energía y salud
Otro cambio visible en IFA es que el concepto de smart home se está expandiendo físicamente. Los robots cortacésped ya son una categoría importante; los sistemas de riego combinan sensores con datos meteorológicos; hay robots para piscinas, soluciones de cocina exterior y sistemas de almacenamiento energético capaces de decidir cuándo consumir o guardar electricidad.
Eso explica por qué tantas marcas están ampliando catálogo. Cuantos más dispositivos controla una plataforma, más útil puede resultar el contexto compartido y más difícil es que el usuario abandone ese ecosistema. El hogar inteligente empieza a abarcar jardín, coche, energía, salud y seguridad, no solo luces y electrodomésticos.
La voz fue una interfaz; la IA puede ser la siguiente capa
Alexa funcionó durante años como centro natural de la casa inteligente porque resolvía un problema real: nadie quiere abrir una aplicación cada vez que necesita encender una bombilla. La voz eliminó parte de esa fricción, pero seguía obligándonos a dar instrucciones relativamente concretas.
La IA generativa puede llevar esa idea un paso más allá. En lugar de memorizar comandos, podemos expresar una intención —“me voy a dormir”, “hace demasiado calor”, “prepara la casa para que lleguen los niños”— y dejar que el sistema decida qué dispositivos necesita utilizar. Si además existe un robot capaz de desplazarse, observar o manipular objetos, el software gana una presencia física que hasta ahora no tenía.
Eso es lo verdaderamente interesante de esta transición: la inteligencia artificial está dejando de ser solo una interfaz digital y empieza a entrar en el mundo físico.
No tendremos un mayordomo humanoide mañana
Conviene mantener cierta distancia con las demostraciones de feria. Los humanoides actuales siguen siendo caros, lentos y poco fiables para un uso doméstico generalista; tienen problemas de autonomía, manipulación y seguridad que no se resuelven con una demo espectacular. La casa del futuro próximo probablemente no tendrá un robot doblando ropa mientras prepara la cena.
Lo que sí parece mucho más plausible es una acumulación de sistemas especializados: robots de limpieza, jardín, seguridad o asistencia; sensores de salud; electrodomésticos capaces de interpretar contexto; y una IA que coordine parte de todo ello. Si esa evolución se consolida, dejaremos de medir lo inteligente que es una casa por la cantidad de dispositivos conectados que tiene y empezaremos a medirla por cuántas cosas puede resolver sin que tengamos que intervenir constantemente.
Alexa y el robot aspirador no eran el destino. Eran la primera versión de una casa que ahora empieza a querer cerebro propio.
Fuentes: IFA sobre la evolución del hogar inteligente, IFA sobre IA como capa integradora del hogar, Tuya sobre Doova y Tuya sobre su ecosistema AI Home.