Antiguos empleados, documentos confidenciales, componentes físicos sacados de las oficinas y entrevistas de trabajo convertidas presuntamente en operaciones de inteligencia industrial. La colaboración entre Apple y OpenAI acaba de transformarse en una guerra por controlar el futuro del hardware.
Apple y OpenAI parecían aliados. ChatGPT entró en el iPhone como parte de Apple Intelligence y ambas compañías mostraron públicamente una relación beneficiosa: Apple conseguía reforzar rápidamente sus funciones de inteligencia artificial y OpenAI accedía a cientos de millones de dispositivos.
Sin embargo, mientras los usuarios hablaban con ChatGPT desde sus iPhone, en los despachos de Cupertino aparentemente se estaba desarrollando una historia muy distinta. Una historia con antiguos empleados, archivos confidenciales, ordenadores corporativos que presuntamente nunca fueron devueltos y entrevistas de trabajo utilizadas, según Apple, para obtener información sobre proyectos secretos.
El viernes 10 de julio, Apple presentó una demanda federal contra OpenAI, su división de hardware io Products y dos antiguos empleados de la compañía: Tang Yew Tan y Chang Liu. Apple los acusa de apropiarse de secretos comerciales relacionados con diseños, procesos de fabricación y proveedores para acelerar el desarrollo de los futuros dispositivos de inteligencia artificial de OpenAI. Según la documentación judicial consultada por Reuters, la demanda incluye acusaciones de apropiación indebida de secretos comerciales e incumplimiento de contrato.
No estamos ante una simple disputa por la contratación de talento. La acusación presentada por Apple describe algo bastante más parecido a una operación sistemática de espionaje corporativo, aunque será la compañía quien deba demostrarlo ante los tribunales.
El hombre que conocía los secretos del iPhone
Uno de los nombres centrales de esta historia es Tang Tan, antiguo vicepresidente de diseño de producto de Apple y actual responsable de hardware de OpenAI.
Tan no era un trabajador cualquiera. Durante su etapa en Cupertino estuvo implicado en el diseño de productos como el iPhone y el Apple Watch, por lo que conocía desde dentro los procesos, proveedores, tecnologías y decisiones que permiten a Apple convertir una idea en millones de dispositivos fabricados a escala mundial.
Después abandonó Apple para participar en io Products, la empresa creada alrededor del proyecto de hardware impulsado por Jony Ive y Sam Altman. Tras su adquisición e integración dentro de OpenAI, Tan se convirtió en una de las figuras clave de la nueva división de dispositivos de la compañía.
Apple sostiene que ese conocimiento no se quedó únicamente en su cabeza. Según la demanda recogida por Associated Press, Tan habría enviado a su correo información relacionada con proveedores y análisis internos antes de abandonar la empresa, utilizando posteriormente materiales confidenciales para beneficiar al proyecto de OpenAI.
La acusación va incluso más lejos. Apple afirma que OpenAI habría convertido algunos procesos de contratación en sesiones encubiertas para recopilar información industrial. Los candidatos habrían sido animados a hablar sobre proyectos confidenciales y, en determinados casos, a llevar componentes físicos de Apple a las entrevistas para mostrarlos a los responsables de OpenAI.
En uno de los episodios descritos por Reuters a partir de la denuncia, un candidato presuntamente llegó a decir que ni siquiera sabía que aquellos componentes podían sacarse de la oficina. Apple sostiene que no se trató de un incidente aislado, sino de una práctica destinada a reconstruir desde fuera lo que la compañía estaba desarrollando dentro.
El ordenador que nunca volvió a Cupertino
El segundo gran protagonista es Chang Liu, antiguo ingeniero de sistemas eléctricos de Apple, que abandonó la compañía después de ocho años para incorporarse a OpenAI en enero de 2026.
La demanda sostiene que Liu no devolvió uno de los ordenadores corporativos de Apple al finalizar su relación laboral. Según la reconstrucción publicada por El País, habría aprovechado un fallo de autenticación para mantener acceso a los sistemas internos y descargar decenas de archivos confidenciales relacionados con el hardware cuando ya trabajaba para OpenAI.
La escena resulta incómodamente cinematográfica: un antiguo empleado, un equipo que debería haber regresado a las oficinas de Apple y un acceso todavía abierto hacia la red interna de una de las compañías más herméticas del mundo.
Apple también acusa a Liu de animar a otros ingenieros a compartir materiales propietarios durante procesos de contratación. De confirmarse, ya no estaríamos hablando simplemente de un trabajador que se lleva consigo la experiencia acumulada durante años, algo inevitable cuando una persona cambia de empresa. Estaríamos hablando de documentos, componentes y procedimientos internos obtenidos deliberadamente.
Por ahora, todo esto forma parte de las acusaciones presentadas por Apple y todavía no ha sido demostrado judicialmente. OpenAI ha rechazado públicamente haber buscado o utilizado secretos comerciales de otras compañías y sostiene que está centrada en desarrollar su propia tecnología.
El verdadero objetivo no son unos cuantos documentos
La demanda gira alrededor de archivos confidenciales, componentes físicos y secretos industriales, pero el conflicto de fondo es mucho mayor. Apple y OpenAI están compitiendo por decidir qué dispositivo controlará nuestra relación con la tecnología después del teléfono móvil.
OpenAI lleva tiempo trabajando con Jony Ive en una nueva familia de productos diseñados desde el principio alrededor de la inteligencia artificial. Todavía no conocemos su forma definitiva, pero el objetivo declarado es crear una relación con la tecnología menos dependiente de pantallas, aplicaciones y menús tradicionales.
Ese proyecto amenaza directamente el centro del negocio de Apple. Durante casi dos décadas, el iPhone ha sido el lugar desde el que accedemos a internet, hablamos con otras personas, hacemos fotografías, trabajamos y consumimos contenido. La inteligencia artificial plantea la posibilidad de que algunas de esas tareas dejen de necesitar una pantalla llena de iconos y pasen a resolverse mediante voz, cámaras, contexto personal y agentes capaces de actuar por nosotros.
Es una transformación que ya estamos viendo en los sistemas operativos. Apple quiere convertir Siri AI en la capa que conecte al usuario con sus aplicaciones, mientras Google avanza hacia un Android en el que Gemini pueda utilizar las apps por nosotros. La batalla ya no consiste únicamente en tener el mejor asistente, sino en controlar la interfaz situada entre la persona y el software.
No sabemos si el dispositivo de OpenAI funcionará. Puede convertirse en el próximo iPhone o terminar como otro experimento incapaz de ofrecer una razón convincente para abandonar el móvil. Pero Apple no parece dispuesta a esperar tranquilamente para descubrirlo.
La compañía solicita compensaciones económicas y medidas judiciales que impidan a OpenAI utilizar cualquier información confidencial presuntamente obtenida. En una industria en la que llegar unos meses antes puede marcar la diferencia, una batalla judicial también puede convertirse en un arma estratégica.
Apple invitó a ChatGPT a entrar en casa
La ironía de esta historia es difícil de ignorar. En 2024, Apple presentó la integración de ChatGPT en sus dispositivos como una de las grandes piezas de Apple Intelligence. OpenAI se convirtió en el socio encargado de cubrir parte de las limitaciones iniciales de Siri y de los modelos propios de Apple.
Dos años después, esa misma empresa es acusada de utilizar secretos de Cupertino para desarrollar un producto capaz de competir con el iPhone. Apple permitió que ChatGPT entrara en su ecosistema mientras OpenAI preparaba su entrada en el mercado del hardware.
Eso no significa necesariamente que la colaboración con OpenAI vaya a desaparecer inmediatamente. Las grandes tecnológicas llevan décadas combinando acuerdos comerciales, dependencia mutua y demandas multimillonarias. Dos empresas pueden colaborar en un producto mientras se enfrentan en los tribunales por otro.
Lo que sí parece haberse roto es la confianza. Apple afirma que comunicó sus preocupaciones a OpenAI antes de acudir a los tribunales y que no recibió una respuesta suficiente. La relación ya no es la de dos socios intentando mejorar el iPhone, sino la de dos empresas que todavía pueden necesitarse en el presente mientras compiten por controlar el dispositivo del futuro.
La guerra por el mundo después del smartphone
Durante años hemos hablado del próximo gran producto tecnológico: gafas inteligentes, realidad aumentada, asistentes ambientales, dispositivos sin pantalla e inteligencia artificial portátil. La mayoría de estas propuestas han fracasado porque no ofrecían una razón suficientemente convincente para abandonar el móvil.
OpenAI cree que una inteligencia artificial capaz de entender nuestra voz, nuestras imágenes, nuestro entorno y nuestras necesidades puede cambiar esa situación. Apple sabe que, si alguien consigue crear esa nueva categoría, el iPhone podría dejar de ocupar el centro absoluto de nuestra vida digital.
El problema para Apple es que su posición en inteligencia artificial todavía no resulta tan sólida como su dominio del hardware. La compañía ha presentado una Siri mucho más ambiciosa, pero también llena de límites según el dispositivo, el idioma, la región y la suscripción del usuario. Como vimos al analizar las condiciones y límites de Siri AI, Apple está construyendo una propuesta potente, aunque condicionada por demasiada letra pequeña.
Por eso esta demanda importa más allá de quién descargó cada documento o de qué ocurrió exactamente durante una entrevista de trabajo. Apple no está defendiendo únicamente unos archivos: está protegiendo su conocimiento industrial, su red de proveedores y la ventaja acumulada durante décadas fabricando productos a una escala que muy pocas empresas pueden alcanzar.
OpenAI, por su parte, necesita demostrar que puede pasar de crear modelos y aplicaciones a fabricar objetos que la gente quiera utilizar todos los días. El salto no es sencillo. Diseñar un prototipo resulta relativamente fácil; producir millones de unidades fiables, reparables y rentables es otra historia completamente distinta.
La batalla judicial acaba de empezar y todavía solo conocemos la versión de Apple y la negativa general de OpenAI. Será un tribunal quien determine si existió realmente una operación sistemática para obtener información confidencial o si Cupertino está utilizando una demanda agresiva para protegerse de un competidor que empieza a acercarse demasiado a su territorio.
En cualquier caso, el mensaje enviado desde Cupertino está claro: OpenAI puede seguir viviendo dentro del iPhone, pero Apple no parece dispuesta a permitir que utilice sus secretos para construir el dispositivo que algún día podría sustituirlo.