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Crítica de ‘La casa del dragón’ (‘House of the Dragon’), temporada 3: una rima de sangre y fuego

Rhaenyra y Ormund Hightower en la imagen de la crítica de la temporada 3 de La casa del dragón

La tercera temporada de La casa del dragón (House of the Dragon) comienza y termina de la misma manera: con una batalla en la que todos pierden. Entre el Gaznate (the Gullet) y Tumbleton, la serie construye una rima trágica sobre una guerra que nadie estaba preparado para librar, unas bestias que sus jinetes nunca llegaron a controlar y una familia que ha confundido su capacidad para quemar el mundo con el derecho a gobernarlo.

Esta crítica contiene spoilers de toda la tercera temporada de La casa del dragón (House of the Dragon).

El fuego no distingue entre vencedores y derrotados

La batalla del Gaznate (Battle of the Gullet) abre la temporada con la destrucción de buena parte de la flota de la Triarquía (Triarchy). Sobre el papel, el resultado puede considerarse favorable para el bando de Rhaenyra, pero el precio hace imposible hablar de victoria. Marcaderiva (Driftmark) es atacada, la flota Velaryon queda muy dañada y Jace muere después de que Vermax caiga sobre el mar.

La temporada termina con una situación parecida en Tumbleton. Los Verdes (Greens) pueden atribuirse la victoria, pero pierden soldados, comandantes y cualquier apariencia de control sobre la batalla. Ulf y Ala de Plata (Silverwing) convierten el enfrentamiento en una matanza indiscriminada que no distingue entre aliados, enemigos y civiles. El ejército de Rhaenyra se retira, pero los Hightower tampoco salen realmente fortalecidos.

El Gaznate (the Gullet) y Tumbleton funcionan como dos versos de una misma canción. En la primera batalla, la sangre se derrama sobre el mar; en la última, el fuego arrasa la tierra. Cambia el escenario, pero el resultado es el mismo: nadie vence y todos quedan más cerca de su destrucción.

La estructura circular no es únicamente un recurso elegante. Resume el principal mensaje de la temporada: una guerra de dragones no se puede ganar. Como mucho, uno de los bandos puede conseguir que el contrario pierda más.

Nunca controlaron a los dragones

Los Hightower consideran a los dragones criaturas antinaturales, bestias vinculadas a una magia oscura que los Targaryen creen dominar. Su postura es interesada e hipócrita porque tampoco dudan en utilizar a Vhagar o Tessarion cuando les ayudan a conservar el poder, pero su diagnóstico tiene algo de verdad.

Los Targaryen confunden vínculo con dominio. Un dragón puede aceptar a un jinete, obedecerlo durante años y mantener con él una conexión difícil de explicar, pero eso no significa que haya dejado de ser una criatura con voluntad e instintos propios. Viserys ya advirtió que la idea de que su familia controlaba a los dragones era una ilusión, y esta temporada convierte aquella advertencia en el centro de su relato.

Ladrón de Ovejas (Sheepstealer) precipita la caída de Vermax y la muerte de Jace. Ulf se cree poderoso porque Ala de Plata (Silverwing) lo ha aceptado, pero no posee la disciplina, la lealtad ni la preparación necesarias para manejar semejante fuerza. Tumbleton demuestra las consecuencias de entregar el equivalente a un arma de destrucción masiva a alguien que apenas comprende su responsabilidad.

Rhaenyra empieza la temporada convencida de que tiene ventaja porque dispone de más dragones. Sin embargo, no cuenta con una cadena de mando respetada, jinetes entrenados ni una estrategia política capaz de integrar a quienes acaba de elevar por encima de su posición. Tiene las armas, pero no controla a quienes las manejan ni las consecuencias de utilizarlas.

Daemon comprende mejor la guerra y critica constantemente la necesidad de Rhaenyra de supervisarlo todo desde la distancia. Tiene razón cuando señala que no se puede gobernar un reino en guerra como si el reino siguiera en paz, pero tampoco posee una solución. Confunde saber combatir con saber dirigir y cree que la violencia puede imponer orden sobre el caos. Tumbleton también lo obliga a descubrir que hay fuerzas que ni siquiera él puede dominar.

Rhaenyra quiere controlar una guerra que no comprende. Daemon cree comprender una guerra que nadie puede controlar. Entre ambos, Poniente (Westeros) arde.

Los Siete frente a la sangre del dragón

La Danza de los Dragones (Dance of the Dragons) no es solamente una disputa entre dos ramas de una familia. La serie la presenta también como el enfrentamiento entre dos maneras de legitimar el poder.

Los Hightower representan el orden construido alrededor de Antigua (Oldtown): la Fe de los Siete (Faith of the Seven), las instituciones, la tradición y la autoridad concedida por sacerdotes y grandes casas. Rhaenyra termina abrazando la excepcionalidad valyria: la sangre Targaryen, los dragones y una profecía que supuestamente sitúa a su familia por encima de cualquier institución humana.

No son literalmente dos religiones. Los Targaryen profesan oficialmente la Fe de los Siete (Faith of the Seven) y los Hightower utilizan sin demasiados escrúpulos la sangre y los dragones de la familia rival. Sin embargo, actúan como dos sistemas de creencias incompatibles. Para unos, el poder necesita ser reconocido por la Fe de los Siete (Faith of the Seven) y aceptado por el reino. Para los otros, la capacidad de montar un dragón parece demostrar por sí sola el derecho a gobernar.

La ejecución del Alto Septón (High Septon) marca el punto de ruptura definitivo. Cuando se niega a coronarla, Rhaenyra deja de buscar la legitimidad de la Fe de los Siete (Faith of the Seven) y decide situarse por encima de ella. Ya no necesita que los dioses reconozcan su derecho porque está empezando a convencerse de que ella misma es la elegida por el destino.

La ironía es que ambos bandos utilizan aquello que dicen respetar como una herramienta política. Los Hightower invocan la religión mientras esperan que un Targaryen montado sobre un dragón les devuelva el Trono de Hierro (Iron Throne). Rhaenyra habla de proteger el reino mientras destruye cualquier institución que pueda limitar su poder.

Rhaenyra se convierte en aquello que debía evitar

Viserys confió a Rhaenyra la Canción de Hielo y Fuego (Song of Ice and Fire) para enseñarle que el Trono de Hierro (Iron Throne) no era una recompensa. Aegon el Conquistador (Aegon the Conqueror) había visto una oscuridad avanzando desde el norte y creía que Poniente (Westeros) tendría que permanecer unido bajo un Targaryen para sobrevivir.

La profecía debía enseñar humildad y responsabilidad. Rhaenyra, sin embargo, termina utilizándola como una prueba de su carácter excepcional. Transforma el deber de proteger el reino en la certeza de que el reino debe obedecerla.

Durante esta tercera temporada exige lealtad por su sangre, emplea los dragones como argumento político, elimina las instituciones que cuestionan su legitimidad y sacrifica a las personas que supuestamente debía proteger. Cada decisión la aleja de las enseñanzas de Viserys y la acerca al tipo de gobernante que su padre más temía: un Targaryen incapaz de distinguir entre el poder de los dragones y el derecho absoluto a utilizarlo.

Helaena funciona como su reverso. Sus visiones no le proporcionan poder, sino que la obligan a contemplar las consecuencias. Ve su muerte, la desaparición de su familia, la destrucción de los dragones y la llegada de la oscuridad desde el norte. Su tapiz muestra a Rhaenyra coronada, pero rodeada de sangre y fuego. La respuesta a la pregunta de Rhaenyra está ahí: llegará a reinar, pero su victoria también será su ruina.

Helaena parece comprender algo que el resto de su familia ignora. La Danza de los Dragones (Dance of the Dragons) no decidirá quién es el salvador prometido. Solamente destruirá a la familia de la que, generaciones después, deberá surgir alguien capaz de enfrentarse al invierno.

Cada personaje vive una guerra diferente

Uno de los mayores aciertos de la temporada es su ritmo. No todas las historias avanzan a la misma velocidad porque tampoco todos los personajes viven la guerra de la misma manera.

En Desembarco del Rey (King’s Landing) domina la urgencia. Rhaenyra ha conquistado el Trono de Hierro (Iron Throne), pero no consigue gobernar. Su consejo reacciona a una crisis detrás de otra, las decisiones llegan tarde y cualquier discrepancia se interpreta como una amenaza. Las reuniones repetidas no transmiten inmovilidad, sino la sensación de una administración desbordada que intenta dirigir un reino en guerra con las herramientas de un tiempo de paz.

Aegon y Aemond recorren caminos más pausados e interiores. El exilio obliga a Aegon a vivir sin la corona, sin su apariencia anterior y sin las personas que tomaban decisiones por él. No se convierte necesariamente en una persona mejor, pero deja de ser el niño utilizado por su madre, su abuelo y sus consejeros. El dolor y la pérdida le proporcionan una voluntad propia que nunca había tenido.

Aemond consigue el poder que deseaba y descubre que su ambición ha ayudado a destruir aquello que pretendía defender. Su viaje consiste en asumir que tener el dragón más grande del mundo no lo convierte automáticamente en gobernante. Cuando los hermanos finalmente se encuentran, ya no son el rey inútil y el hermano resentido que conocíamos al principio.

Los Hightower mantienen un tercer ritmo, mucho más paciente. No necesitan conquistar inmediatamente Desembarco del Rey (King’s Landing). Les basta con conservar un ejército activo, impedir que la Fe de los Siete (Faith of the Seven) legitime a Rhaenyra y mantener viva una alternativa alrededor de Aegon, Aemond o cualquier otro heredero que pueda servir a sus intereses.

Cada día que Rhaenyra ocupa el Trono de Hierro (Iron Throne) sin conseguir estabilizar el reino es una victoria para ellos. No buscan ganar rápidamente, sino demostrar que su rival es incapaz de terminar la guerra. Desembarco del Rey (King’s Landing) vive instalado en el pánico, los hermanos avanzan por sus respectivos viajes y los Hightower esperan. Son tres ritmos diferentes que terminan convergiendo en el mismo desastre.

Una temporada que se permite respirar

También agradezco que HBO permita que los capítulos superen habitualmente la hora. La duración no es una virtud automática, pero aquí resulta necesaria para alternar las distintas tramas sin convertirlas en simples actualizaciones semanales.

Los episodios ofrecen espacio para las conversaciones, los silencios y las consecuencias de cada batalla. Frente a los capítulos de poco más de media hora de El caballero de los Siete Reinos (A Knight of the Seven Kingdoms), que en ocasiones terminaban cuando parecían haber empezado, cada entrega de La casa del dragón (House of the Dragon) se siente como una pieza completa.

El estreno y el desenlace son especialmente largos, pero ninguno parece inflado. Ambos necesitan mostrar una batalla, explicar su desarrollo y dejar tiempo para que sus consecuencias afecten a los personajes. La temporada entiende que un ritmo pausado no equivale a falta de ritmo y que acelerar una historia no siempre significa contarla mejor.

Espectáculo, sonido y grandes interpretaciones

Técnicamente, esta es probablemente la temporada más ambiciosa de La casa del dragón (House of the Dragon). Los dragones tienen peso, personalidad y movimientos diferentes. No se comportan como una colección de criaturas digitales intercambiables, y la serie consigue que su presencia transmita tanto fascinación como peligro.

El Gaznate (the Gullet) impresiona por la combinación de barcos, agua, fuego y dragones. Tumbleton, en cambio, utiliza el espectáculo para construir una sensación de descontrol. En ambos casos, el sonido resulta tan importante como la imagen: los rugidos, la madera rompiéndose, el fuego devorándolo todo y los silencios posteriores convierten las batallas en experiencias físicas.

La fotografía diferencia muy bien los espacios y los estados de ánimo. El gris húmedo del Gaznate (the Gullet), la frialdad de Desembarco del Rey (King’s Landing) y el fuego sucio de Tumbleton ayudan a que cada parte de la guerra tenga una identidad. La serie sigue abusando ocasionalmente de las escenas oscuras, pero en general mantiene una calidad visual extraordinaria.

El diseño de producción merece una mención especial. El tapiz de Helaena, la presencia creciente de la iconografía religiosa y la transformación de los espacios de poder explican buena parte del conflicto sin necesidad de verbalizarlo. La lucha entre la Fe de los Siete (Faith of the Seven) y la excepcionalidad Targaryen también está presente en las paredes, los objetos y los rituales.

Emma D’Arcy sostiene la transformación de Rhaenyra sin convertirla repentinamente en otra persona. Su radicalización resulta gradual y comprensible, que no justificable. Phia Saban convierte a Helaena en el corazón trágico de la temporada, mientras Matt Smith encuentra sus mejores momentos cuando Daemon deja de interpretar el papel de guerrero invencible y comienza a comprender el coste real de la violencia. Tom Glynn-Carney y Ewan Mitchell también consiguen que los caminos de Aegon y Aemond resulten mucho más interesantes de lo que parecían al principio.

Poniente necesita mejores señales

Mi principal crítica técnica está en la falta de códigos visuales claros para distinguir casas, alianzas y ejércitos. En una historia con tantos apellidos, territorios y lealtades cambiantes, la serie no puede confiar en que el espectador recuerde automáticamente quién fue mencionado varios capítulos atrás.

Las armaduras comparten tonos oscuros y desgastados, los estandartes aparecen durante demasiado poco tiempo y algunas casas nuevas son introducidas mediante conversaciones cargadas de nombres. Durante determinados consejos y enfrentamientos resulta fácil perder de vista quién combate para quién o qué relación mantiene una casa con cada aspirante al Trono de Hierro (Iron Throne).

La complejidad política forma parte de Poniente (Westeros) y no debería simplificarse, pero sí representarse con mayor claridad. Un uso más reconocible de los colores, planos más largos de los estandartes, mapas con posiciones y mejores introducciones para las nuevas casas ayudarían a seguir la guerra sin rebajar su profundidad.

El problema afecta especialmente al Gaznate (the Gullet). La batalla es visualmente impresionante, pero no siempre permite entender la posición de las flotas y los dragones. Tumbleton funciona mejor porque convierte la confusión en parte consciente de la experiencia, aunque también habría agradecido una presentación geográfica más clara antes de que todo comenzase a arder.

Dos años para escuchar el último verso

El mayor problema de la tercera temporada aparece después de los créditos. HBO ha situado la cuarta y última temporada en 2028, obligándonos a esperar otros dos años para resolver una historia que acaba de alcanzar su mayor velocidad.

Una producción de esta escala necesita tiempo. No tendría sentido exigir que se acelerasen el rodaje, los efectos visuales o la posproducción a costa de quienes trabajan en ella. Sin embargo, HBO sabía desde hace años que la historia terminaría con la cuarta temporada y comenzó a prepararla antes del estreno de la tercera. Cuatro temporadas repartidas a lo largo de seis años también evidencian una planificación incapaz de mantener el impulso de su propio relato.

La estrategia parece consistir en alternar La casa del dragón (House of the Dragon) con El caballero de los Siete Reinos (A Knight of the Seven Kingdoms). Así habrá una serie ambientada en Poniente (Westeros) cada año, pero no se mantendrá viva cada historia. Para HBO funciona como una franquicia; para el espectador supone abandonar durante dos años a unos personajes detenidos en mitad de su momento más decisivo.

La tercera temporada empieza con sangre sobre el mar y termina con fuego sobre la tierra. Entre ambas batallas, La casa del dragón (House of the Dragon) ofrece su temporada más madura, ambiciosa y coherente. La guerra transforma a Aegon y Aemond, revela las limitaciones de Daemon y convierte a Rhaenyra en aquello que prometió no ser. Nadie gana porque nadie estaba preparado para gobernar, combatir ni controlar a las criaturas que debían asegurar su victoria.

Ahora tendremos que esperar hasta 2028 para escuchar el último verso de esta canción. Para entonces quizá los espectadores recordemos quién continúa vivo. Distinguir a qué casa defendía cada uno será bastante más complicado.

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