No es nostalgia. Tampoco cinismo. Es una constatación bastante más incómoda: la tecnología ya no nos emociona como antes. No hay ese brillo en los ojos cuando se presenta un nuevo producto, ni esa urgencia casi irracional por tenerlo en las manos. Lo miramos, lo entendemos… y seguimos con nuestra vida.
Y lo más extraño es que, por primera vez, esa falta de emoción no se vive como una tragedia. Se vive como una especie de calma. Como si el cuerpo hubiese aprendido a desconfiar del hype. Como si ya supiera, por experiencia, que la mayoría de “revoluciones” de cada temporada acaban convertidas en una función más del sistema, escondida en un menú o en una nota al pie del marketing.
Durante años confundimos emoción con progreso. Cada salto técnico venía acompañado de una sensación clara de avance: más rápido, más pequeño, más capaz. Hoy ese relato se ha agotado. No porque la innovación se haya detenido, sino porque ha alcanzado un punto en el que ya no necesita demostrarse.
Lo curioso es que este “apagón” emocional no llega porque falte tecnología. Llega porque, como ya decía en el capítulo anterior sobre el móvil suficiente y el problema psicológico, el límite ya no suele estar en el hardware. Está en nosotros. En la expectativa. En la comparación permanente. En esa sensación difusa de que, por mucho que mejore el dispositivo, la vida se queda igual.
Y cuando la vida se queda igual, el objeto deja de ser promesa. Se convierte en compañía. En herramienta. En rutina. En algo que está ahí, como está la luz del pasillo o el agua caliente: lo aprecias cuando falta, pero rara vez cuando funciona.
La emoción era una fase, no un destino
Hubo un momento —largo, intenso— en el que la tecnología era promesa. Promesa de libertad, de eficiencia, de creatividad. Cada nuevo dispositivo abría posibilidades reales que antes no existían. La emoción tenía sentido porque el cambio era tangible.
Era tangible en lo obvio, sí: una cámara que por fin no era un chiste, una pantalla que por fin se veía bien, un móvil que por fin no se quedaba colgado al abrir tres cosas seguidas. Pero también era tangible en lo menos obvio: el sentimiento de estar en el borde de algo nuevo, de tener acceso a herramientas que antes solo estaban en manos de “los que sabían”.
Ese momento se vivía como una conquista personal. Como si el dispositivo fuese una extensión directa de tu identidad: lo que llevas dice lo que haces, lo que aspiras, lo que dominas. Había deseo. Había pertenencia. Había tribu. Y, sobre todo, había una narrativa sencilla: comprar tecnología era comprar futuro.
Hoy la situación es distinta. Las mejoras siguen llegando, pero lo hacen de forma silenciosa, casi invisible. El progreso ya no irrumpe; se filtra. Y lo que se filtra rara vez provoca euforia.
Porque el futuro ya no se compra. Se actualiza. Se parchea. Se migra. Se sincroniza. La emoción ya no está en “lo nuevo”, sino —si acaso— en sentir que todo encaja sin darte guerra. Y eso no es una emoción épica. Es una emoción adulta.
Cuando lo extraordinario se vuelve normal
La cámara que hace unos años parecía milagrosa ahora es simplemente correcta. La potencia que antes nos dejaba sin palabras hoy es un requisito mínimo. Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de tecnología que funciona tan bien que deja de llamar la atención.
Lo extraordinario se ha vuelto cotidiano, y eso tiene un efecto psicológico muy concreto: el umbral de sorpresa se dispara. Para impresionarnos, algo tiene que cambiar de verdad el comportamiento, no solo mejorar un porcentaje. Tiene que alterar cómo trabajamos, cómo nos comunicamos, cómo recordamos, cómo nos entretenemos.
El problema es que la mayoría de mejoras actuales no cambian el comportamiento: lo optimizan. Y optimizar no emociona tanto como descubrir. Optimizar se parece más a afinar una bisagra que a abrir una puerta nueva.
Esta normalización suele leerse como un síntoma de estancamiento. Pero quizá sea justo lo contrario: es la señal de que algo ha madurado. Cuando una herramienta se vuelve fiable, predecible y omnipresente, deja de ser espectáculo y empieza a ser infraestructura.
Y una infraestructura no necesita seducirte. Necesita sostenerte. Necesita estar disponible. Necesita no fallar. La infraestructura es el tipo de tecnología que, cuando funciona, te permite pensar en otras cosas. Y que, cuando falla, te recuerda de golpe lo dependiente que eres de ella.
El fin del asombro como victoria silenciosa
Que la tecnología ya no nos asombre no significa que haya perdido valor. Significa que ha cumplido su promesa. Ha pasado de ser protagonista a ser soporte, de ocupar el centro del relato a sostenerlo desde abajo.
Es incómodo aceptar esto porque nos obliga a renunciar a una narrativa muy seductora: la de la innovación constante como fuente de emoción. Pero también es liberador. Nos permite evaluar los productos por lo que aportan a nuestra vida, no por el ruido que generan a su alrededor.
Nos permite, por ejemplo, dejar de perseguir la novedad por reflejo. No porque sea “malo”, sino porque ya no es automático. Nos obliga a preguntarnos: ¿esto me da tiempo? ¿me quita fricción? ¿me hace sentir más capaz? ¿me deja más tranquilo? Son preguntas menos excitantes que “¿es lo último?”, pero infinitamente más útiles.
Y aquí aparece un giro interesante: cuando la emoción se va, aparece el criterio. Cuando el asombro baja, sube la exigencia. Y esa exigencia cambia el tipo de producto que valoramos. El objeto deja de ser un trofeo y empieza a ser un aliado.
Madurez también es aburrimiento
Hay una palabra que cuesta usar en tecnología: aburrimiento. Suena a derrota. Pero en muchos contextos es justo lo que buscamos. Un coche aburrido es uno que no falla. Un electrodoméstico aburrido es uno que cumple. Un sistema aburrido es uno en el que confiamos.
La madurez, en el fondo, es eso: predictibilidad. No en el sentido de “todo da igual”, sino en el sentido de “sé qué esperar”. Y saber qué esperar es un lujo cuando vives rodeado de pantallas que compiten por tu atención y de sistemas que te empujan a cambiar por inercia.
Quizá la tecnología esté entrando en esa misma fase. Y quizá eso explique por qué cada vez nos importa menos lo espectacular y más lo silencioso, lo eficiente, lo que no interrumpe. Por qué nos fijamos más en cómo se siente un dispositivo en el día a día que en lo que promete en una keynote.
Lo curioso es que, cuando la tecnología se vuelve aburrida, también se vuelve más humana. Deja de pedirte que estés pendiente de ella. Deja de reclamar protagonismo. Y eso, para un producto, es casi el mayor signo de confianza: estar ahí sin que tengas que pensar en él.
Mirar la tecnología con otros ojos
Si la tecnología ha dejado de emocionarnos, el reto ya no está en forzar la emoción, sino en aprender a leer la madurez. En entender que el verdadero progreso no siempre se siente, pero casi siempre se nota en cómo vivimos, trabajamos y nos organizamos.
La madurez tecnológica se mide en cosas pequeñas: en que el móvil no te saque de tu flujo, en que el portátil no te grite con el ventilador, en que la batería no condicione tu día, en que las notificaciones no te gobiernen, en que puedas confiar en tu ecosistema sin estar reparándolo cada dos semanas.
Tal vez no estemos ante el fin de la innovación, sino ante el principio de algo más difícil de contar: una tecnología adulta, integrada y consciente de su lugar. Una tecnología que deja de ser evento para convertirse en contexto.
Y eso, aunque no haga ruido, es una muy buena noticia. Porque cuando la tecnología deja de pedirte admiración, te devuelve algo más valioso: la posibilidad de usarla sin pensar en ella. Y en ese silencio —en esa ausencia de épica— es donde se esconde, muchas veces, el progreso de verdad.

Deja una respuesta