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Estamos reconstruyendo la televisión de siempre, pero ahora pagamos por cada canal

El streaming se parece cada vez más a la televisión de siempre: plataformas y precios de suscripción

Nos vendieron el streaming como la liberación definitiva de la televisión de siempre. Adiós a los horarios, a los anuncios interminables y a esos paquetes de cuarenta canales en los que acababas viendo dos. Abrías una aplicación, elegías una serie y la veías cuando te daba la gana. Era cómodo, bastante más sencillo que buscar el mando del decodificador y, durante un tiempo, también parecía barato.

Han pasado los años y resulta que tenemos varias cuotas, publicidad, deportes en directo, contenidos exclusivos y hasta planes diferentes según la calidad de imagen. ¿Y si estamos reconstruyendo la televisión de pago de toda la vida, pero repartida entre aplicaciones? La diferencia es que ahora, además de pagar, nos toca hacer de programadores, contables y gestores de suscripciones.

La revolución consistía en decidir nosotros

Lo mejor del primer Netflix no era solo su catálogo. Era que por una cuota razonable podías sentarte a ver algo sin comprobar la programación, sin esperar una semana al siguiente episodio y sin interrupciones publicitarias. Por supuesto, no todo estaba allí. Pero la experiencia tenía una virtud que hoy se nos olvida: la sencillez.

Después cada gran estudio quiso tener su escaparate. Las películas y las series empezaron a distribuirse entre servicios distintos y la pregunta «¿qué vemos esta noche?» adquirió una segunda parte: «¿y en qué plataforma está?». Un contenido que ayer estaba incluido en una cuota hoy puede encontrarse en otra aplicación, en alquiler o directamente fuera del catálogo. No hemos perdido la libertad de elegir cuándo vemos algo; hemos complicado bastante la tarea de encontrarlo.

Pagamos para quitarnos los anuncios. Ahora pagamos más para quitárnoslos otra vez

La publicidad es quizá la ironía más evidente. Durante años, uno de los principales argumentos del streaming fue disfrutar de películas y series sin cortes. Ahora los planes con anuncios son habituales: pagas una tarifa más económica y aceptas publicidad, o subes de nivel para reducirla o evitarla según el servicio. El anuncio ha regresado por la puerta grande, acompañado de una cuota mensual.

A eso se suman las restricciones para compartir cuentas, las diferencias de resolución y sonido entre planes y los alquileres que aparecen dentro de aplicaciones por las que ya pagamos. Hay razones económicas detrás: producir contenidos, adquirir derechos y mantener plataformas globales cuesta dinero. Pero entender por qué una empresa cobra más no obliga a celebrar que el usuario reciba una experiencia más enrevesada.

Antes nos quejábamos de pagar por canales que no veíamos. Ahora mantenemos suscripciones que algunos meses ni siquiera abrimos. Y cancelar requiere acordarse de que existen, algo que las empresas saben perfectamente.

El fútbol vuelve a poner hora a la televisión

El último síntoma es el deporte. Netflix ha anunciado la adquisición de los derechos del Mundial de fútbol de 2030 para España y Andorra, con los 104 partidos en su plataforma y una parte de las emisiones reservada para la televisión en abierto. Apple, Amazon y Disney también han incorporado competiciones y acontecimientos deportivos a sus estrategias. DAZN lleva años haciéndolo, aunque en su caso el deporte es el negocio principal, no una nueva forma de ampliar el catálogo.

La lógica es impecable: una serie puede esperar al domingo; una final del Mundial, no. El directo concentra audiencias, genera conversación y ofrece un motivo para contratar o mantener una suscripción. Las aplicaciones que nos prometieron ver lo que quisiéramos cuando quisiéramos están descubriendo el enorme negocio de conseguir que todos veamos lo mismo a la misma hora. Y, si pueden vender publicidad alrededor de ese momento, mejor todavía.

Conviene matizar la comparación. Ver un partido desde el móvil, seguirlo fuera de casa o recuperar una jugada son avances reales. Tampoco todos los encuentros deportivos están detrás de un muro de pago. Pero la dirección es reconocible: derechos exclusivos, emisiones en directo y una programación que vuelve a ordenar parte de nuestras tardes y noches.

El mando tiene aplicaciones; la factura, varios destinatarios

Pensemos en una familia que quiere seguir una competición, terminar una serie exclusiva y ver una película que solo está en otro catálogo. Puede hacerlo, sí, siempre que averigüe dónde se emite cada cosa y cuánto cuesta acceder. En lugar de contratar un paquete cerrado, monta su propio paquete a base de cuotas independientes. Es más flexible, pero esa flexibilidad también implica trabajo: comparar planes, cancelar servicios, recordar contraseñas y comprobar dónde han ido a parar los contenidos.

La fotografía de los planes más baratos de ocho servicios —Netflix, Prime Video, Disney+, HBO, Apple TV, DAZN, SkyShowtime y Movistar Plus+— suma 55,92 euros al mes con las tarifas de entrada que hemos consultado en octubre de 2026. Son 671,04 euros al año si se mantienen todas las cuotas. No es una cesta de prestaciones equivalentes: varios planes incluyen publicidad y algunos no incorporan los principales derechos deportivos. Los precios pueden cambiar, pero la suma ilustra lo fácil que resulta acumular gastos pequeños.

El precio total depende de lo que contrate cada casa, y no tiene sentido afirmar que todo el mundo paga más que antes. Quien utiliza una sola plataforma o va rotando suscripciones puede gastar poco. El problema aparece cuando queremos mantener acceso permanente a muchas cosas a la vez. La fragmentación convierte la abundancia en una suma de pequeñas facturas.

Ya examinamos la comparación con los paquetes tradicionales en ¿Pagamos más por el streaming que por la televisión de pago?. Y la adquisición de los derechos del Mundial 2030 por Netflix, que analizamos en detalle, explica por qué la televisión en directo está regresando a estas aplicaciones.

Hay otra consecuencia menos evidente. Cuando todo está disponible, sentimos que deberíamos aprovecharlo. Miramos estrenos, guardamos listas interminables y acabamos eligiendo una serie no porque nos apetezca especialmente, sino porque «para algo estamos pagando».

La televisión de antes tampoco era ningún paraíso

No pretendo defender la vieja televisión de pago. Había paquetes rígidos, permanencias, horarios imposibles y una oferta que dependía de lo que un operador decidiera incluir. El streaming nos ha dado acceso a producciones de otros países, versiones originales, catálogos a demanda y libertad para ver contenidos en cualquier pantalla. Son mejoras importantes que no desaparecen porque las empresas hayan cambiado sus tarifas.

Tampoco creo que Netflix haga nada especialmente reprochable por querer emitir fútbol. Si existe una audiencia dispuesta a verlo, tiene sentido ofrecerlo. Mi crítica no es al deporte ni a las plataformas por separado. Es a una evolución del mercado que nos devuelve buena parte de los inconvenientes de la televisión tradicional mientras conserva la complejidad de tener que gestionar varias aplicaciones.

La gran innovación será inventar otra vez el paquete de televisión

Lo más divertido es imaginar el siguiente paso. Alguna empresa nos ofrecerá reunir suscripciones, ordenar los canales en directo, centralizar búsquedas y pagarlo todo en una sola factura. Nos lo venderá como una experiencia revolucionaria. Y probablemente nos parecerá comodísimo, porque estaremos demasiado cansados de recordar en qué aplicación está cada cosa.

Es posible que terminemos con una mezcla de televisión y streaming: catálogos bajo demanda, acontecimientos en directo, anuncios, planes premium y servicios agrupados. No sería necesariamente malo. Lo importante es que no confundamos tener más aplicaciones con disponer de más libertad.

Nos prometieron ver cualquier cosa, en cualquier momento y desde cualquier lugar. Lo de cualquier lugar lo hemos conseguido. Para lo demás, cada vez necesitamos más contraseñas y más facturas.

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