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Backrooms: de pesadilla de Internet a fenómeno de Hollywood

Backrooms: de Internet a Hollywood

Hay fenómenos culturales que nacen con un propietario, una campaña y un calendario. Backrooms nació justo al revés: como una imagen anónima, una frase inquietante y una idea lo bastante abierta para que miles de personas la hicieran suya. Años después, aquella pesadilla compartida ha terminado convertida en una película de A24 dirigida por Kane Parsons, el creador que ayudó a darle forma desde YouTube cuando todavía era adolescente.

La historia tiene algo de símbolo de nuestro tiempo. Hollywood lleva décadas adaptando novelas, cómics, juguetes y videojuegos, pero ahora también está aprendiendo a trabajar con mitologías creadas colectivamente en Internet. No hablamos solo de contratar a un creador popular para promocionar una película: hablamos de permitir que alguien formado con Blender, vídeos encontrados y comunidades digitales se siente en la silla del director.

Una fotografía amarilla y una frase bastaron para crear un mundo

El punto de partida de las Backrooms fue extraordinariamente pequeño. En 2019 apareció en el foro 4chan una fotografía de unas habitaciones vacías, cubiertas por una moqueta vieja, paredes amarillentas y luces fluorescentes. La acompañaba un texto que imaginaba qué ocurriría si alguien atravesara accidentalmente los límites de la realidad y acabara allí: millones de metros cuadrados de estancias repetidas, humedad y un zumbido constante.

No había protagonistas, argumento oficial ni manual de criaturas. Esa falta de definición fue precisamente su fuerza. Las Backrooms podían ser un purgatorio, un error de programación del mundo, un edificio infinito o la materialización de un miedo bastante cotidiano: entrar en un espacio construido para estar lleno de personas y descubrir que no queda nadie.

La idea conectó con la fascinación por los llamados espacios liminales: pasillos de hotel, centros comerciales cerrados, oficinas durante la noche o parques infantiles sin niños. Lugares de tránsito que reconocemos, pero que resultan extraños cuando pierden su función habitual. The Guardian analizó cómo la película convierte esa arquitectura impersonal en el auténtico monstruo, sin depender únicamente de criaturas o sobresaltos.

Póster de la película Backrooms de Kane Parsons
Póster promocional de Backrooms. Imagen: A24.

Kane Parsons no inventó las Backrooms, pero les dio movimiento

La mitología se expandió con relatos, niveles, videojuegos y vídeos creados por la comunidad. Sin embargo, el salto decisivo llegó en enero de 2022 con The Backrooms (Found Footage), un cortometraje publicado por Kane Parsons en su canal Kane Pixels. El vídeo imitaba una grabación doméstica de los años noventa y seguía a un cámara atrapado en ese laberinto amarillo.

Parsons no necesitó explicar cada regla. Trabajó con escala, sonido, movimientos imperfectos de cámara y la sensación de que algo podía aparecer al doblar cualquier esquina. Sus escenarios estaban creados principalmente con herramientas digitales, pero evitaban la limpieza artificial de muchos efectos visuales. Parecían lugares grabados, no renders enseñados.

Ese lenguaje nació en YouTube, donde la audiencia puede detener un plano, buscar pistas, discutir teorías y conectar vídeos separados. La obra no se consumía únicamente como una narración cerrada: se investigaba. Es un tipo de relación con el espectador que Hollywood lleva tiempo intentando reproducir mediante universos compartidos, pero que Internet construye de manera casi natural.

Parsons terminó dirigiendo la adaptación para A24 con apenas veinte años. En una entrevista recogida por Deadline, describió el proyecto como un sueño extraño hecho realidad. No era solo el autor de un vídeo viral contratado como asesor: mantenía el control creativo de la película que trasladaba su lenguaje a una producción industrial.

Kane Parsons durante una proyección de Backrooms
Kane Parsons pasó de crear vídeos con Blender desde su habitación a dirigir para A24.

El reto no era hacer las habitaciones más grandes

Convertir una pieza breve y atmosférica en un largometraje planteaba un problema evidente. Diez minutos de incertidumbre pueden sostenerse con una cámara perdida y un pasillo interminable. Una película necesita ritmo, personajes y alguna clase de transformación. Añadir presupuesto no resuelve automáticamente esa diferencia; incluso puede destruir la fragilidad que hacía especial al original.

La adaptación protagonizada por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve amplía el concepto alrededor de una entrada escondida bajo un negocio y una dimensión imposible. También introduce una estructura dramática más reconocible. No todas las críticas han considerado que la ampliación funcione con la misma precisión que los vídeos originales, pero el resultado ha convertido Backrooms en uno de los fenómenos de terror de 2026.

En España superó el millón de espectadores y llegará el 25 de septiembre a HBO Max y Filmin, según la información publicada por MeriStation. Ese recorrido —Internet, salas de cine y plataformas— resume mejor que cualquier campaña cómo se mueve hoy una historia entre comunidades y formatos.

Hollywood ya no solo observa Internet: empieza a contratar su lenguaje

Durante años, la industria trató a los creadores digitales como una fuente de audiencia. Se les ofrecían cameos, adaptaciones rápidas o campañas promocionales porque ya llegaban con millones de seguidores. El caso de Parsons es distinto: A24 no compró únicamente su comunidad, sino una forma de narrar desarrollada fuera de las escuelas y los estudios tradicionales.

No es un movimiento aislado. Danny y Michael Philippou, responsables del canal RackaRacka, pasaron de vídeos físicos y caóticos en YouTube a dirigir Háblame. Bo Burnham convirtió su trayectoria digital en una carrera como cineasta. Cada vez resulta más difícil dibujar una frontera limpia entre “creador de Internet” y “director”.

En Hefestec ya hemos contado cómo los creadores están construyendo sus propios grupos multimedia. También estamos viendo el movimiento inverso: las empresas tradicionales intentan integrar la cultura de las plataformas. El acuerdo por el que Disney llevará contenido de creadores de TikTok a Disney+ forma parte de esa misma transformación.

La diferencia importante es quién conserva la voz. Internet está lleno de estéticas absorbidas por campañas que eliminan todo lo incómodo y dejan únicamente una superficie reconocible. Backrooms funciona como caso de estudio porque su responsable visual llegó también a la película. El resultado puede discutirse, pero la autoría no fue sustituida por una imitación corporativa.

Una propiedad intelectual sin dueño único

Las Backrooms plantean además una cuestión incómoda para una industria obsesionada con controlar sus franquicias. La idea no pertenece por completo a una sola persona. Nació de una publicación anónima y creció gracias a aportaciones incompatibles entre sí. Hay niveles, entidades y reglas populares que unas comunidades aceptan y otras ignoran.

Eso significa que A24 puede producir una película de Backrooms, pero no cerrar definitivamente qué son las Backrooms. Los vídeos, juegos y relatos alternativos seguirán existiendo. Es una mitología más parecida al folclore que a un universo cinematográfico planificado mediante reuniones y hojas de cálculo.

Esta apertura explica parte de su atractivo. Frente a franquicias donde cada detalle necesita autorización, aquí cualquiera puede encontrar una habitación nueva. Algo similar sucede con ciertos personajes y relatos que cambian al pasar de una comunidad a otra. Incluso el anime, que durante años parecía un territorio para aficionados muy concretos, se ha convertido en una referencia cultural global; repasamos esa evolución al seleccionar diez animes que marcaron distintas generaciones.

La pesadilla más moderna es un lugar que parece antiguo

La ironía final es que las Backrooms triunfan en una época de imágenes perfectas porque parecen una mala fotografía encontrada en un disco duro viejo. No ofrecen una ciudad futurista ni un monstruo diseñado para vender figuras. Ofrecen paredes amarillas, una moqueta húmeda y una iluminación de oficina que casi podemos escuchar.

Su éxito demuestra que la cultura digital no siempre avanza hacia imágenes más espectaculares. A veces utiliza herramientas modernas para recuperar texturas imperfectas, cintas deterioradas y espacios olvidados. La tecnología está en el proceso, pero desaparece del resultado.

Hollywood ha encontrado en Backrooms una historia rentable. Lo verdaderamente interesante es que, para conseguirla, ha tenido que aceptar que una de las ideas de terror más poderosas de los últimos años no salió de un estudio. Salió de una fotografía anónima, una comunidad incapaz de dejarla quieta y un adolescente que entendió cómo debía moverse una cámara dentro de ese lugar.